¿Se acuerdan del musical y película “Hair” (1979)? Al inicio observamos a muchos hippies cantando y celebrando el “amanecer de la Era de Acuario” pronosticando el inicio de una época de abundancia, armonía, comprensión, compasión y honestidad, el fin de la falsedad y la burla y (por si fuera poco) la liberación final de la mente. A más de 30 años de distancia, creo que es seguro afirmar que las cosas no ocurrieron de acuerdo a lo pronosticado.

¿Qué pasó? ¿Qué ocurrió con los vientos de cambio aquí y en otras latitudes? ¿Dónde están los soñadores? A primera vista, pareciera que una de dos, o fueron silenciados (asesinados o desaparecidos), asimilados (se hicieron viejos) o simplemente se mudaron a Tepoztlán, San Miguel de Allende o a California.

Como tristemente recordamos (2 de octubre no se olvida) en México, como en otras partes, el grupo en el poder reprimió estos movimientos estudiantiles. La masacre de Tlatelolco de 1968, detuvo de manera brutal y contundente los sueños de un país por un mundo mejor. En muchos sentidos, nuestro país sigue sufriendo las consecuencias de ese trágico día. En muchos otros, los poderes fácticos siguen aplastando los sueños de los idealistas (Jueves de Corpus, Aguas Blancas, Acteal, Ayotzinapa…).  Sin duda casos diferentes y dolorosamente similares.

Sin embargo, hace ya casi cincuenta años que las voces de esos estudiantes fueron silenciadas para siempre. ¿Qué hay de las presentes generación? ¿Dónde están nuestros ideales? ¿Cómo estamos tratando de cambiar al mundo? ¿Dónde podemos encontrar a los sucesores de los idealistas de los sesentas?

Nace poco leía que la presente generación se encuentra exhausta. Aunque deseo de todo corazón que tal afirmación sea exagerada, es fácil argumentar que nuestros jóvenes están siendo forzados a enfrentar cambios a velocidad impresionante. Se encuentra sobre saturados y distraídos por los medios omnipresentes (teléfonos inteligentes, televisión 24×7, “whats” facebook, skype, messanger, etc.), cansados de correr sin dirección específica cada vez más rápido, sin tiempo de pensar en aspiraciones y obligados a renunciar a una vida balanceada, pues cada vez hay más competencia y menos buenos trabajos, teniendo como modelos sociales a artistas y estrellas musicales, acostumbrados a la corrupción como una forma válida de solucionar problemas, atrapados en el consumismo, relativismo, impunidad, la falta de ejemplos confiables y carentes de ideales por los que valga la pena luchar. En breve, una sociedad confundida, distraída y extraviada.

¿Dónde nos deja esto como sociedad?

Por favor no me malinterpreten, estoy consciente que en muchos sentidos las cosas están mejor que como estaban hace cincuenta años. Conozco y me llena de admiración el legado de los sesentas; la liberación femenina, la tolerancia y aceptación de formas alternativas de relacionarse, rendir culto y vivir en relación, la revolución sexual, el reconocimiento de los derechos humanos y sociales, el re-descubrimiento y reivindicación de la sabiduría de culturas que fueron tachadas de salvajes o bárbaras, etc. Ciertamente en muchos sentidos las semillas sembradas en los sesenta han florecido en nuestra era, pero –desafortunadamente- en muchos otros sentidos las cosas parecen estar peor. Sólo piensen en el aumento de la violencia, la corrupción, la guerra, el consumo de drogas, la hambruna, la soledad, la depresión, los suicidios, la pornografía, la impunidad, etc. Me entristece pensar que esos estudiantes en Tlatelolco tal vez murieron en vano.

Pero, ¿realmente murieron en vano?

Carlos Monsivais, en un hermoso ensayo, se refería a Tlatelolco como “una herencia en busca de herederos”. ¿No seremos nosotros (jóvenes y viejos) los herederos de esos mártires? ¿No estamos acaso disfrutando los frutos de su sacrificio? En caso afirmativo, ¿Qué podemos hacer, no sólo para honrar a los caídos, no sólo para dar voz a los que no pueden hablar (no sólo los muertos, pero también los desamparados, los marginados, los discriminados), sino también para hacer la nuestra una mejor ciudad, un mejor estado, un mundo mejor? ¿Cómo podemos nosotros, los tal vez inadvertidos pero ineludibles herederos de tal legado actuar? Honestamente no lo sé pero estoy dispuesto a aventurar algunas ideas.

Tomemos consciencia de nosotros mismos. El viaje del auto-descubrimiento nunca es sencillo, pero siempre vale la pena. Trabajar en aceptarnos, amarnos y desarrollarnos es la mejor receta para la felicidad y una persona feliz hace del mundo un lugar feliz. Más aún, es imposible ser feliz cuando mi vecino tiene hambre, está enfermo o simplemente es infeliz, puedo optar por ignorarlo(a) pero en mi interior siempre sabré la verdad. Por otro lado, cuando soy feliz (en el sentido más amplio y profundo que la palabra puede tener) simplemente no puedo hacer daño o ignorar a mi próximo, porque me doy cuenta que mi felicidad esta directamente conectada con la de todos los demás.

Tomemos consciencia de nuestra historia. No solo para escribir bellas palabras a los caídos, sino para realmente entender la condición humana. Alguien dijo “no hay nada nuevo bajo el sol” y en cierto modo tenía razón. Nuestras luchas cotidianas, nuestras penas, nuestras alegrías, nuestras ilusiones y nuestros sueños son los mismos de aquellos hombres y mujeres que nos precedieron. Recordémoslos, aprendamos de sus experiencias, de sus errores, de su sacrificio; y continuemos lo que comenzaron, lo que lograron.

Tomemos consciencia de nuestro potencial y usémoslo. Seamos proactivos. “Activismo” significa actuar. Ejercitemos nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu. Hay que protestar, organizar marchas y alzar la voz cuando es necesario; pero también vamos a organizarnos como sociedad civil, ofrecernos como voluntarios, escribir cartas, enseñar al que no sabe, compartir lo que tenemos, ayudar a los que podamos, involucrarnos, participar, formar grupos, etc. En breve convertirnos en ese cambio que tango anhelamos ver en el mundo.

Obviamente estas son solo unas cuantas ideas, hay mucho más que se puede y necesita hacer. Aún así, estoy convencido que poner estas pocas ideas en práctica sería una hermosa forma de honrar el sacrificio de aquellos estudiantes sin tumba caídos en Tlatelolco y otros eventos similares. Dejemos claro que los sueños no se han acabado, que aún habemos soñadores (jóvenes y no tanto) pero que nos hemos vuelto más aguzados. Hemos aprendido que el cambio no viene desde las estructuras a las bases, sino desde abajo para arriba. De este modo, incluso si aceptamos, como dijo alguna vez John Lennon, que la revolución de las flores no había tenido éxito, incluso si “ellos” (y no olvidemos que no existen “ellos” sino sólo “nosotros”) mataron a todos esos estudiantes, “no importa. Empezamos de nuevo”.

Al terminar de escribir esto, me doy cuenta que aquella canción de la Era de Acuario no estaba equivocada. Tlatelolco no representa el ocaso de la era de Acuario; esos estudiantes no murieron en vano. Que se diga de ellos, como se dice ahora de otros estudiantes trágicamente desaparecidos “quisieron enterrarlos, pero no sabían que eran semillas”. La era de Acuario ha tenido un largo y doloroso amanecer, en México y el mundo, uno que ha incluido mucha obscuridad, dolor y sangre, uno que aún no ha terminado aún. Pero tal vez es cierto que la noche es más obscura precisamente antes del amanecer.

Pero por otro lado, puedo estar totalmente equivocado…

Sergio